Nuestros animales no habitan la finca; forman parte de ella. Viven todo el año bajo el cielo abierto, sin establos que limiten su instinto, practicando una trashumancia interna marcada por las estaciones: ascienden a los pastos altos en verano y buscan el refugio de los valles en invierno.
Vacas y yeguas están hechas a la medida de esta montaña. Beben el agua de nieve invernal que atesoramos en balsas y cierran el círculo de la vida devolviendo la fertilidad a la tierra con su propio abono. Un proceso sin artificios, donde la naturaleza manda y nosotros solo acompañamos. Eso es lo que nos hace únicos.